lunes, 26 de marzo de 2012

Argumentos en defensa de España como nación


Discurso inicial al IV Premio Nacional de Oratoria "Gabriel Cisneros

Me resulta imposible ser objetivo en este asunto o mantener un debate neutral sobre algo que me atañe tanto y que ha marcado tan profundamente mi espíritu. No se puede reducir a mera lógica aquello que supera con creces el mundo material y que, de hecho, se eleva con mucha frecuencia por encima de nuestra comprensión. Nosotros, que formamos parte de España, hemos de limitarnos a recoger los frutos que caen de sus ramas, dando gracias por no tener que conocer todo el árbol para alimentarnos de él y poder cobijarnos en su sombra. No obstante, considero que no existe mejor argumento a favor de la existencia del árbol que los propios frutos que tenemos en nuestras manos.


Arrimado al tierno retoño de la que sería nuestra patria debió estar el inmortal Séneca cuando, respondiendo a un poeta griego, le habló con orgullo de la gesta numantina y se glorió de ser “ciudadano del Tajo”, habiendo este nacido en Córdoba y vivido en Roma. Nada le ligaba a esas otras regiones de España – nada que no lo hiciese también a cualquier otra del Imperio Romano -  que no fuese, al menos la intuición, de nuestra querida España.

Y puedo entender perfectamente la preocupación que llevó a aquel anónimo  monje mozárabe a lamentar tan profundamente la pérdida de España en los albores de la invasión musulmana. No clamaba precisamente por una realidad geográfica que allí seguía, ni por un conjunto de estructuras políticas, que ya se habían revelado mutables, sino por el ser espiritual que unía invisible pero irremediablemente a todos los españoles y que estaba dotado de carácter propio. España era ese ser que había sido asombrosamente derribado por el hacha mahometana y que fue recuperado a costa de inenarrables sudores. Algo de milagroso tuvo nuestra reconquista, que fue reafirmación, de la misma manera que lo tendría que un árbol derribado recuperase sus raíces y se deshiciese de los leñadores que lo abatieron.

Da igual que al árbol le llamen árbol o reciba otro nombre totalmente distinto, al igual que no importa la manifestación política propia de cada tiempo si ésta deriva de la propia nación. En un momento concreto dará frutos, y en otro hibernará como adormecida, pero seguirá estando allí, ora dominada por los franceses, ora Imperio extendido por todo el globo. No hay que dejarse engañar por el sentimiento político imperante o por la degradación de cierta forma de gobierno, puesto que España asemeja a un viejo roble milenario con muchos inviernos a sus espaldas, que puede perder algunas ramas a causa del temporal, pero que es muy capaz de renacer de nuevo al asomar los primeros atisbos de luz.

Como otras altas cuestiones filosóficas, la esencia de España se eleva fuera de nuestra comprensión, pero deja caer sobre nosotros sus frutos evidentes y proyecta su sombra a lo largo de toda su historia, alentando nuestro ánimo con el ejemplo de nuestros antepasados e invitándonos a hacer lo mismo para que nuestros hijos puedan disfrutar, como nosotros, del orgullo de saberse españoles.

Luis Ignacio Rodríguez



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