viernes, 5 de julio de 2013

Las terribles consecuencias de la caída de Roma en Hispania



Roma se deshace
En realidad el Imperio romano no cayó, sino que se deshizo. Y no por completo, pues solo la mitad occidental fue pasto de los bárbaros. El Imperio romano de Oriente sobrevivió casi mil años más, aunque ahora le conozcamos como Imperio Bizantino.
La degradación interna de Roma había convertido una eficiente maquinaria militar en apenas varios cuerpos de ejército útiles y había permitido y legitimado la presencia de bárbaros no sometidos a Roma dentro de sus fronteras, acrecentado la sensación de desamparo, con una corte imperial cada vez más preocupada por si misma mientras una devastadora crisis hacía trizas el entramado social que tanto había enorgullecido a Roma.
En Hispania la situación era parecida a de otras provincias del occidente: menos desarrolladas que las provincias orientales, con mucho menos oro y soldados para defenderse. Pronto quedaron desatendidas cuando el general Estilicón decidió llevarse todas las tropas de importancia de Britania, Galia e Hispania para luchar por el trono imperial. Hispania tuvo suerte: su situación, más alejada de las fronteras, evitó que el emperador otorgase tierras a los aliados germanos que cruzaban las fronteras para, en teoría, protegerlas. 

La crisis económica provocó que los magistrados imperiales, cada vez más independientes, aumentasen la presión fiscal sobre la población y esta se viese forzada a huir de las ciudades hacia el campo, buscando la protección de algún aristócrata que tuviese el suficiente dinero como para garantizarle sustento y protección a cambio de su trabajo, dándose los primeros casos de feudalismo. De esta forma se terminó de degradar el espacio social, que pasó de lo estatal a lo particular y de lo urbano a lo rural.

Bagaudas
La principal consecuencia de estos cambios fue la gravísima inseguridad fruto de las durísimas condiciones de vida, que a su vez agravaba la crisis con sus acciones. Esta violencia tomó una forma concreta.
Durante el tramo final del Imperio se desarrolló en ambas vertientes de los Pirineos unas revueltas conocidas como Bagaudas. Se trataba de bandas de esclavos, campesinos y gente de baja condición social que, ante el desgobierno del Imperio y los abusos de los administradores romanos, huían de las ciudades y se organizaban en bandas de guerrilleros que desestabilizaron la zona hasta después de la llegada de los visigodos. Para los romanos eran ladrones y delincuentes, pero muchos vieron en ellos una justa revuelta contra los que no dejaban de ser extranjeros en su tierra. La palabra bagauda puede tener dos orígenes: en latín se traduce por “ladrón”, mientras que en celta significa “guerrero”. Curiosamente las zonas donde se dieron las bagaudas, el valle alto y medio del Ebro, eran de población celta.
Cuando el poder imperial era fuerte, como en la restauración de Diocleciano, se mandaba aun ejército imperial para dispersarlas, pero cuando el poder central decaía estas volvían a surgir. Debido a su naturaleza las bagaudas eran tremendamente complicadas de erradicar, pues no formaban un ejército regular ni dependían de un estado concreto, sino que se valían de las técnicas de guerrillas para atacar puntos clave de la logística enemiga. La provincia Tarraconense fue la más afectada de todas, siendo el valle del Ebro y las cercanías del sistema ibérico donde más bagaudas se concentraron.
A pesar de operar en el campo, donde no había grandes concentraciones de tropas para hacerles frente, llegaron a saquear varias ciudades, entre ellas Zaragoza, donde acabaron matando a su obispo y sometiendo la ciudad durante varios días. Sus grandes oponentes no eran ya las tropas regulares romanas, sino los ejércitos privados que los aristócratas mantenían para defender sus intereses y propiedades.
Pero las bagaudas estuvieron muy lejos de ser una revolución que buscase tan solo detener los abusos de los poderosos o de cambiar la estructura social. Tras la llegada de los suevos a Hispania (los primeros bárbaros en llegar a nuestra tierra), los líderes de las bagaudas no dudaron en aliarse con el rey suevo Requiario para saquear conjuntamente a la población, como hizo uno de ellos, un tal Basilio, en el 409. Fruto de esta alianza fue la caída de Lérida en sus manos.
Su momento de mayor extensión fue entre la caída del poder imperial en Roma y el fortalecimiento del poder visigodo en la península, que estabilizó y pacificó el país, terminando por completo con este tipo de revueltas. Sin duda fueron un mal endémico, pero con momentos de tranquilidad, sobre todo después de las grandes campañas militares de algún general romano o rey visigodo.

La traición de los romanos
Las guerras civiles habían dejado muy maltrecho al ejército romano, que pasó a ser más tropas de carácter privado que un ejército estatal y casi por completo compuesto por bárbaros. La sociedad romana había perdido el interés por la milicia, relegándolo a gente menos civilizada que ellos y, sin saberlo, quedándose a su merced.
Vándalos, suevos y alanos habían cruzado el Rin en el 406 y llevaban ya varios años saqueando la Aquitania sin poder cruzar los Pirineos, pues los pasos fronterizos que llevaban a Hispania habían sido defendidos con éxito por los llamados rústicos, un grupo de guerreros irregulares de origen vascón que actuaba como única línea de defensa frente a los germanos. Estos rústicos estaban mantenidos por algunos jóvenes nobles hispanorromanos de la familia de Teodosio: Dídimo y Veriniano. El recuerdo de los doce años de incursiones germanas en la época del emperador Galieno aún permanecía en la memoria colectiva.
Sin embargo, uno de los muchos rivales del emperador occidental Honorio, el autotitulado Constantino III, mandó a su hijo Constante para hacerse con Hispania. Constante derrotó a las tropas de los jóvenes nobles y las sustituyó por sus propios hombres, mercenarios bárbaros. Enseguida estas tropas abandonaron sus puestos y se dedicaron a saquear tierras palentinas, permitiendo que los pueblos germanos que aguardaban al norte se adentrasen en una Hispania por completo desguarnecida (fines del 409).
En lo sucesivo la península se convirtió en un caos. El terror de los años de conquista romana volvió para sumir a Hispania en el horror de las matanzas, las hambrunas y pestes, dejando a muchos pasto de la inanición y de las fieras salvajes. No obstante, cuenta la crónica de Hidacio que en el 411, tras unos años de locura, los bárbaros se tranquilizaron y procedieron a sortearse las provincias de la diócesis Hispánica para vivir con relativa paz. Pero eso si, como dominadores.
Los vándalos asdingos y los suevos se quedaron con la Gallaecia, los alanos con la Lusitania y la Cartaginense, la Bética fue para los vándalos sindingios. Los romanos rebeldes al emperador Honorio que habían permitido el paso de los invasores se quedaron con la Tarraconense.
En el 418 los visigodos se habían establecido como aliados de Roma en el sur de la Galia, después de haber luchado durante dos años en su nombre contra los germanos afincados en Hispania con relativo éxito (su rey, Alarico, murió nada más llegar, en Barcelona). Desde el llamado reino de Tolosa incursionaron con regularidad en la península ibérica, penetrando poco a poco en ella, a veces en nombre del emperador y a veces a título propio. A mediados de siglo los Visigodos ya controlaban toda la Tarraconense, y tras sufrir una aplastante derrota a manos de los Francos (en el 507) esta se convirtió en el principal territorio de los visigodos, que pronto expandirían y que se acabó llamando el reino de Toledo.

Fëanar

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