miércoles, 25 de julio de 2012

Manifestaciones: la válvula de escape liberal

El liberalismo ha de lidiar con su sistemática inclinación a conciliar tendencias opuestas dentro de sí (como se detalla en este artículo), lo que produce no pocas tensiones que han de ser contrarrestadas, conciliadas o suprimidas para lograr que todo el sistema liberal no se resquebraje. Pues bien, el método ideal para evitar que la olla a presión no estalle, es meter una válvula de escape para liberar controladamente estas tendencias: las manifestaciones.

No nos referimos a la natural oposición que ha de sufrir cualquier cosmovisión que haya logrado moldear la sociedad conforme a sus directrices. Tales grupos marginales son inevitables y están controlados de otra forma, principalmente mediante persecuciones. Los griegos tenían que lidiar con los órficos, los cristianos y musulmanes con sus respectivas ramas heréticas y los comunistas con los troksistas, titistas y demás. Ninguno, sin embargo, ha aspirado a coexistir con ellos y a incluirlos dentro de su ordenamiento social y político.

La cosmovisión liberal, en cambio, no puede asumir la intolerancia de excluir a otras cosmovisiones por el mero hecho de ser incompatibles. Al modo de los sacerdotes del Imperio Romano, los liberales tendieron la mano a los católicos carlistas y les ofrecieron entrar a formar parte del sistema, siempre y cuando aceptasen lo fundamental del sistema de creencias dogmáticas liberales.

Los nacionalistas, auténtica herejía derivada del liberalismo, también encontraron (y encuentran) su sitio en el sistema liberal "siempre que respeten las reglas del juego democrático", sutil eufemismo que esconde la aceptación, al menos de iure, de la dogmática liberal.

Estas fuerzas trataron de deshacer desde dentro el sistema liberal, aprovechándose de su debilidad endémica y de las propias taras que les imponía su credo. Algunas fracasaron, otras siguen intentándolo con mayor o menor éxito (como la incidencia marxista en el viraje del centro del espectro político, explicado en este otro artículo), pero el liberalismo siempre ha de lidiar con tendencias ajenas a él y que pueden llevarlo a un punto de ruptura. Incluso en la patria de nacimiento del liberalismo, los Estados Unidos, sufre esa tendencia.

A comienzos de la etapa liberal, estas tendencias no eran debidamente contrarrestadas y creaban continuas tensiones que estallaban, generalmente, en violencia callejera (el caso de los grupos marxistas en España) o en oposición política o militar (los católicos españoles). Durante la restauración se limitó el juego político entre liberales y católicos, dejando a los partidos de corte marxista fuera, resultando en, como era de esperar, la caída del sistema en favor de la II república (que, por otra parte, excluyó a los católicos en favor de los marxistas).

Sólo después de la transición y a imitación de los demás países con democracias liberales, se implementó la manifestación como una extensión del derecho de asociación y del de la libertad de expresión, consignándose en la mayoría de las constituciones. De esta forma el impulso que habría acabado siendo reprimido sangrientamente o cristalizando en revueltas o en un ente que pusiese en duda los mínimos dogmáticos irrenunciables del sistema y que estuviese en posición de derribarlo, era asumido sin mayor complicación. Además, se convertían las manifestaciones en una suerte de procesiones religiosas que exaltaban los principios liberales en los que se basaba.

Desde la reinstauración del régimen liberal en España ha habido, al menos, dos momentos en los que la presión social, sin posibilidad de manifestarse (sin haber sido educada para ello), se habría acumulado de forma muy peligrosa para el actual sistema: la muerte de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA, y la aprobación de la ley Aído. La manifestación oficial convocada tras los atentados del 11 de marzo también contribuyó a aliviar bastantes tensiones, pese a los incidentes dirigidos por algunos socialistas.

Así mismo, las periódicas manifestaciones que los nacionalistas llevan a cabo en Cataluña y Vascongadas cumplen, además de con una función interna de cohesión y publicidad, con la de canalizar las fuerzas no liberales de forma inicua para el sistema. En este último caso no hay que olvidar que los nacionalistas no son más que liberales o marxistas con otro discurso, y que los grupos conservadores (PNV y CIU) son tan liberales y tan contradictorios como el que más, por lo que se explica perfectamente que colaboren en mantener los impulsos sociales nacionalistas dentro de un sistema liberal al que atacan y sin el que no pueden subsistir.

Fëanar

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