domingo, 30 de diciembre de 2012

Guerreros de Cristo (I)

Me gustaría compartir unas reflexiones que me han venido al contemplar esta imagen de un artista mormón estadounidense que, no obstante, considero magnífica. Por su tamaño la dividiré en dos partes (la imagen se puede ampliar al pulsar sobre ella).


Más allá de la primera impresión que evoca, la postración de soldados de toda época y nación ante Jesucristo, con sus armas inútiles y avergonzados de sus pecados, hay mucho más si se observa con detenimiento.
Si nos fijamos en el fondo, es un desolado paraje, ruinoso y devorado por las llamas, lo único que dejan tras de sí la mayor parte de las guerras. No sólo ruinas, sino el fuego que se alimenta de los restos y sigue devorando todo lo que alcanza aun después de terminado el enfrentamiento. Al otro lado se distinguen varios estandartes, negros, ajados y oscurecidos: son insignificantes ante Cristo y su estandarte, pues es su causa la única que le da sentido al sacrificio del soldado, por eso el cielo sólo clarea y deja ver una única estrella cuando el fondo es cortado por la aureola de Jesús. Sólo Cristo es capaz de mostrarnos la esperanza en mitad de la más oscura tormenta, y despejar las nubes de nuestro horizonte.

De izquierda a derecha, podemos ver a muchos soldados, mezclados indistintamente y absolutamente absorbidos por la presencia del salvador. El primero es un conquistador español, o bien un soldado de los tercios, mirando directamente a Nuestro Señor y sujetando fuertemente su pica con ambas manos. Está tan en trance que hasta olvida derrotar su arma en el suelo, siendo uno de los pocos que no lo hace. Y no es gratuito, pues muchos entregaron su vida precisamente por Cristo, tanto para darle a conocer a un continente entero, como en los campos de batalla europeos, donde tantos derramaron su sangre en defensa de la verdadera fe. Se sabe indigno, pero su corazón luchó por Cristo y su causa se reveló justa a los ojos del Redentor, por pecadoras que fueran sus manos.

Bastante más alejado está el arquetípico guerrero indio norteamericano, hierático y adusto, con el mismo gesto que pondría ante el enemigo o el sabio consejo de su padre. Su paganismo no es culpable. Nadie se molestó en evangelizar a estos pueblos, y muy pocos llegaron a conocer a Cristo en vida. Su mirada refleja el agradecimiento de quién se sabe exculpado pero que lamenta profundamente no haber podido tener oportunidad de luchar por algo más grande que por su propia supervivencia.

El siguiente es el oficial romano de época altoimperial, significativo donde los haya, pues fue él quien clavó en la cruz a Jesucristo. Su escudo yace al otro lado de la imagen, muy lejos, arrojado con rabia, buscando no escudarse frente a Jesús, mostrándose honesta e inermemente ante Él. La espada, partida en dos, está cerca del escudo, pues aquella que se levantó contra el Redentor no merece otra suerte. Su mano izquierda está levantada hacia el pecho, en un saludo militar de respeto y obediencia pero a la vez de profundo sentimiento, el de aquel que sabe que obró mal y se pone al servicio de su Señor para reparar como sea la ofensa, ofreciendo su vida y servicios como pobre pago. Por eso la otra mano se extiende, como invitando a Cristo a tomar de él lo que crea necesario. Su rostro, oculto por la postura, seguramente destile vergüenza y determinación a redimir su culpa, es decir, honor.

Delante del indio y un poco más cerca hay un guerrero vikingo, del que apenas se ve la cabeza. Su expresión es de sorpresa, pues ha descubierto que quién estaba tras esos cristianos tan raros y débiles era ni más ni menos que el Único Dios. Si lo llega a saber, piensa, no les habría tratado con tanto desprecio. ¿Quién iba a pensar que tras tales gentes, misioneros y guerreros se escondiese Dios mismo? Pero Dios es así, y su fiereza estuvo mal encaminada desde el principio, su corazón perdido y su espada mal dirigida. Ahora, ante la magnificencia de Jesucristo, el asombro inunda su alma.

Frente al romano hay un musulmán, vestido con el traje propio de los pueblos del desierto árabe, pero que puede extenderse a todos los guerreros islámicos. Se ha descubierto a sí mismo sorprendido en su error, pues luchaba por el dios equivocado, y sólo acierta a levantar las manos pidiendo a Jesús que le dé más de aquello que acaba de descubrir, que le maravilla y le llena como nunca antes nada lo hizo,  Él mismo. Si hubiese tenido esta fuerza que recibe ahora en el corazón ¿qué no habría sido capaz de acometer? Por este Dios sí que merece la pena morir.

Justo encima, medio tapado por el hombro de otro soldado, se esconde el que parece un miembro del ejército estadounidense que acometió la conquista del oeste americano. Parece que quiere esconderse, aunque sabe que no puede hacerlo. Está triste, pues sus pecados le delatan, y su alma está marcada con los crímenes que cometió, siguiendo a un corazón con falsos ideales, por muy seductores que fuesen. Mira compungido a Cristo, que conoce sus culpas tan bien como él mismo. No es sólo el acoso y genocidio de los indios americanos, sino el de otros tantos a lo largo de toda la historia, cometidos por soldados que hablan en miles de lenguas distintas y defienden otras tantas banderas. Sabe que no es digno y prefiere no acercarse mucho, pero permanece ahí, esperando, porque también sabe que quién espera termina recibiendo lo que busca: el perdón.

Delante suyo hay lo que parece ser un oficial de granaderos francés de la época napoleónica. Se lleva la mano al pecho porque al final, delante de Jesucristo, todas aquellas injusticias y abusos que perpetró y ordenó realizar se revelan en su corazón. Hasta entonces había logrado acallarlo y convencerse de que todo lo que robaban y tomaban él y sus hombres les pertenecía por derecho, simplemente porque podían tomarlo por la fuerza, sin darse cuenta de que con cada felonía cavaba un poco más hondo la tumba de su propia conciencia. Acabó por silenciarla, pero ante Dios todo lo oculto se revela, y tanta culpa volvió de golpe a su corazón, haciéndoselo notar dolorido y sangrante. Pervirtió la dignidad de las armas y abusó de los inocentes en lugar de protegerlos. No se defiende, y es él mismo quien se acusa, porque ante la presencia del Salvador nadie puede engañarse a sí mismo. Está medio vuelto, tal vez porque le pilló por sorpresa o tal vez porque sus malas acciones le pesan demasiado. En cualquier caso la decisión sobre su destino fue enteramente suya.

En segundo plano, arrodillado y a punto de postrarse está un soldado norteamericano de la época actual, miembro de una unidad paracaidista. Su fusil de alta tecnología está abandonado en el suelo, empequeñecido y olvidado. El soldado se postra con la naturalidad que le da el tener un alma acostumbrada a sacrificarse por los demás. No es un santo ni un villano, sino alguien que eligió enfrentarse a lo más oscuro de nuestro mundo para que otros (su familia, amigos, vecinos, conciudadanos...) no tuviesen que hacerlo. Un espíritu sencillo que tomó una gran decisión, y por eso se postra con facilidad, porque eligió a los otros antes que a sí mismo.

Un caballero medieval con armadura completa está justo detrás. También arrodillado y con la visera levantada, dejando ver una expresión de asombro. No era menos cristiano que otros de su tiempo y también se regía por el estricto código de caballería, pero entre batalla y batalla había olvidado lo que de verdad significaba ser un soldado de Cristo. La armadura que le cubre todo el cuerpo también le separaba de los demás; su escudero, que luchaba siempre a su lado con tan sólo una cota de malla, los peones que le arropaban y hasta los mercenarios que contrataba. Ninguno estaba a su altura, pues no eran caballeros, aunque luchasen y se arriesgasen tanto como él. Se cerró sobre si mismo y se ciñó a la vara de medir más estricta para los demás, y así será juzgado. Cumplió como guerrero, pues fue leal, justo y esforzado, pero su decepción consigo mismo es mucho mayor: pudo hacer más, mucho más. Se olvidó de que su armadura, como su espada, también era de doble filo, y acabó atrapado en ella.

El centurión que hay encima suyo es de una época posterior al oficial romano de antes. A él le debemos el momento de mayor extensión del Imperio Romano y todo su poder. Está alejado, pues sabe que fue instrumento de una gran injusticia y de la persecución de los primeros seguidores del Redentor. Cumplía órdenes, se dice a sí mismo, y no sabía de quienes se trataba. Pero detuvo y llevó a la muerte a inocentes y sus buenas obras apenas le justifican. Sabía que era dueño de sí mismo y que podía haberse negado, pero era más cómodo no hacerlo. Se asombró cuando vio caer a camaradas suyos por esa causa, pero no dejó de obedecer. Ejecutó las órdenes porque tenía miedo. Pudo elegir el camino difícil, pero no lo hizo, y ahora su vergüenza le aleja de Cristo. Su conciencia no está solamente limpia de malas obras, sino también de buenas: está vacía.

A su lado, un guerrero africano contempla embelesado al Rey de Reyes. Aún conserva su lanza, pues no la usó más que para defender a los suyos cuando eran atacados, y eso le dignificó. Nunca oyó hablar de Cristo y vivió toda su vida embrutecido por la concupiscencia, pero fue sabio y siguió los dictados de su corazón, y ahora mira fijamente la dorada capa del Salvador, mucho más brillante que sus adornos. Él sí que desprende luz, sí que es Sabio entre los sabios y Bueno entre los buenos, y eso lo acaba de comprender ahora mismo. Hace falta humillarse para que Dios te ensalce.

Con la mano en el pecho y una expresión de profundo gozo, justo a la derecha del caballero medieval, hay un soldado norteamericano de la Segunda Guerra Mundial. Está de los primeros, recibiendo el gozo y la recompensa de quién dejó familia y trabajo en su tierra para luchar. Herido o muerto en combate, sufrió lo indecible y perdió todo lo que tenía. Ahora disfruta de la bienaventuranza de Cristo, que no olvida a los que perdieron todo a causa de su justicia.

Pegado a su casco y de uniforme azul se puede ver a un soldado alemán de la segunda guerra mundial que mira sorprendido a Cristo. No es porque no le conociese, sino porque habiéndolo hecho, le despreció. Construyó su vida con unos ideales alejados del Redentor. Prefirió luchar por sí mismo y por su orgullo, daba igual que lo disfrazase de nación, raza o partido, pues en el fondo decidió oponerse a Dios con un proyecto propio, aunque no fuese personalmente suyo. Por supuesto, con el alma suicidada sus obras se vuelven una losa para él. Asesinatos, torturas, crímenes que clamaron al cielo pero que eran necesarios para cumplir su ideal, pero este ya no está y no hay nada que justifique sus actos. Ahora mira al Salvador como quien ve el fantasma de alquien a quién creía muerto, pero ya no puede acercarse a Él. Eligió no hacerlo hace mucho tiempo.

Cerca del hombro de Cristo está un higlander, un soldado de los clanes escoceses. Está bastante alejado y su expresión parece rogarle que no se aleje. Se comportó con rectitud y llevó las armas como servicio, pero aun así la elección que tomó cuando decidió apartarse de la Iglesia le pesa mucho. En el fondo no sabía realmente lo que hacía, pero ahora que lo ve claro poca excusa encuentra en su vida para limpiar la mayor mancha de un soldado: olvidar servir, antes que a cualquier otro, a Dios.

El último a este lado del dibujo es el soldado chino, casi tapado por Cristo y con expresión insondable, parece querer acercarse y tocarle de alguna manera. Está cansado de servir a su señor, de no tener más horizonte que su obediencia. Su vida no fue más ejemplar que la de otros muchos, pero él realmente anhelaba algo más, sin saber el qué. Ahora, ante la visión de Cristo, siente que el vacío que tenía se ha llenado. Este Señor si que merece ser servido y obedecido ciegamente y con devoción, pues este si que se preocupa por sus servidores más de lo que podría soñar. Qué gran vasallo habría sido, piensa, de haber tenido tan digno Señor.

Terminados los personajes de la mitad izquierda de la composición, el resto vendrán en la segunda parte.

Fëanar

8 comentarios:

  1. me gustaria observar el segundo comentario ? tambien me gustaria saber quien es el autor de esa tela ? y que significado hay en todo eso ? por que el Cristo aparece con un arbol dorado? acaso cuando vuelva se sabe que vendria con un traje Rojo en representacion por la sangre derramada por los hombres ?

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    1. Amigo el árbol en su pecho representa que Él es la vid y nosotros los sarmientos quien permanece unido a Él dará mucho fruto

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  2. Magnífico comentario compañero.

    ¡Me ha gustado mucho el análisis de la imagen!

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  3. buen analisis, pero de quein e la pintura???

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  4. Muy buen analisis me encantaria leer la segunda parte :-)

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  5. Hola a todos.

    Perdonad el retraso. El dibujo es obra de un autor protestante llamado Jon McNaughton, y espero poder hacer la segunda parte dentro de poco.

    Muchas gracias.

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  6. Ojo, el supuesto soldado romano de la derecha, con la espada rota frente a sí, lleva una casco que lo asemeja más a un hoplita griego.

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  7. Interesante analisis.

    En mi opinión el soldado americano del último detalla
    e no es de la Segunda Guerra Mundial, sino de la de Vietnam, por el uniforme y color del correaje. El que sí podría ser de la II guerra mundial es el soldado que está justo detrás del egipcio; nuevamente, por la forma y color del correaje, aunque también podría ser de la guerra de Corea.

    Y el "de uniforme azul se puede ver a un soldado alemán de la segunda guerra mundial" es un Hauptmann de la Feldgendarmerie, a causa del escudo de brazo, de la charretera plateada con dos estrellas doradas.

    El soldado de los tercios/conquistador español también podría ser un soldado inglés. En todo caso, junto con el cruzado/templario de la derecha, son los únicos que mantienen su arma en sus manos. Punto curioso.

    Guerreros árabes hay dos, uno el que comentas, y otro a la derecha. El que comentas lleva una canana de munición en bandolera y lo que parece ser una Kufiyya, el pañuelo palestino. El de la derecha podría ser uno de los tiempos de las cruzadas, no hay elementos accesorios que permitan una datación más precisa. Cerca de él, casi en el borde derecho, hay un soldado actual, con casco camuflado. Soy tendiente a considerar que sería un soldado israelí, ya que la forma del casco es similar. Si no, lo más parecido sería un soldado italiano con el casco mod. 33, de la II guerra mundial. Soy mas proclive a que sea israelí.

    Y para terminar (el cuadro es bien complejo y detallado) al lado del samurai de la derecha hay un piloto que podría también ser japones, pero no un kamikaze, ya que no tiene la hachimaki (bandera japonesa), además de que el salvavidas amarillo es más característico de la Lufwaffe.

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