sábado, 7 de abril de 2012

De la persecución del cristianismo en España


Discurso que repasa la historia de la Iglesia en España y sus padecimientos para alentar a los católicos españoles en los tiempos que están por venir.


España siempre ha destacado por ser uno de los países donde con más fuerza se ha defendido la fe católica a lo largo de toda su historia, llegando a habernos considerado el país católico por antonomasia, generalmente con connotaciones negativas. Más castizamente expresado, se ha solido decir que en España somos “más papistas que el Papa”.

No obstante, la Iglesia, que ha sufrido tantas y tan duras persecuciones a lo largo de todo el mundo, tampoco ha encontrado descanso en España. Es el signo de los cristianos el ser rechazados por las sociedades, el no encontrar descanso en ningún rincón de la Tierra.

Desde la llegada del cristianismo a la península, con las predicaciones de Santiago y San Pablo, la Iglesia naciente se vio marcada por las persecuciones de un mundo y de un imperio que no la entendía, que la consideraba extraña y que no la podía asimilar. Los cristianos les parecían raros, no abortaban a sus hijos, creían que los esclavos tenían que ser tratados como cualquier otra persona, se negaban a adorar al emperador como un dios… En definitiva, subvertían la mentalidad de la época, y amenazaban el status quo de un mundo que llevaba siendo así desde siempre.

Pero entonces, llegó el milagro, tantos mártires sacrificados, tantas persecuciones, tantos miedos y oraciones fueron recompensados. En lugar de sojuzgar a la nueva religión, el todopoderoso imperio se puso a sus pies, derrotado y admirado por la pujanza de los valientes testigos – martyros – de ese nuevo Dios hecho hombre.

Sin embargo, con el triunfo las persecuciones no se extinguieron, tan sólo mudaron de forma. Fue Osio de Córdoba, un español, el que estuvo al lado del emperador Constantino, aconsejándole y organizando el primero de los Concilios Ecuménicos de la Iglesia, puesto que en su seno ya había anidado la herejía, y esta no sólo es una simple transgresión intelectual de ciertos oscuros y abstractos dogmas, sino que representaba (y todavía lo hace) la disensión de quienes no estaban de acuerdo con el nuevo mundo que anunciaban los cristianos. Negociaban con la humanidad de Cristo a la vez que negaban el perdón a los pecadores o rechazaban el matrimonio y se entregaban a sacrílegos rituales orgiásticos. Era el espíritu del mundo pagano, que se negaba a sucumbir y trataba de llegar a un acuerdo con el cristianismo, de alcanzar un término medio imposible: tan sólo se podía servir a un solo señor.

En Hispania encontramos el crisol perfecto que reflejaba la situación en todo el Imperio Romano. Habiendo disfrutado de una brillantísima cultura pagana (con autores como Séneca, Lucano o Marcial, y gobernantes de la talla de Trajano o Adriano) y siendo uno de los lugares que más resistencia ofreció a la conversión en un principio, eclosionó en una impresionante retahíla de sabios y santos de la talla de san Martín de Braga, san Eulogio de Córdoba o el Papa San Dámaso. Si bien no hubo grandes doctores de la talla de San Agustín, nuestra tierra fue generosa con la Iglesia, tras haber sido tan testaruda. Sin embargo, la resistencia pagana también enraizó en España. Prisciliano se enfrentó a la Iglesia proclamando su propia doctrina, ordenando sus propios sacerdotes y, por supuesto, mezclando prácticas aberrantes haciéndolas pasar por cristianas. Y cuando parecía que, erradicado el priscilianismo y vencidas la mayor parte de herejías, la Iglesia podría disfrutar de un tiempo de paz, llegaron las invasiones bárbaras y aniquilaron la mitad del Imperio Romano, sometiendo al mundo a un caos nunca antes conocido. 

Por la península ibérica pasaron varios pueblos que arrasaron todo a su paso, como los vándalos, o que simplemente eran paganos o arrianos y sometían a los cristianos a servidumbre. Al final los visigodos se hicieron con el control de toda Hispania y sojuzgaron a la población, mayoritariamente católica, al yugo del arrianismo. Fue una carga ligera en comparación con la de otros lugares, pero los católicos que tanto habían luchado por su fe no querían volverse  a ver sometidos y relegados a ciudadanos de segunda categoría. Habían sobrevivido a las persecuciones y a las invasiones bárbaras, y no estaban dispuestos a rendir la fe que tanto esfuerzo les había costado mantener, por lo que la fides gothica, ese paganismo germano disfrazado de cristianismo simplificado, se volvió a oponer a la fe católica y, de nuevo, los que tenían el mayor poder económico y militar sucumbieron – no sin derramamiento de sangre – ante la Iglesia de Dios, que trocó el enfrentamiento en síntesis y comunión, y la conversión del rey Recaredo, de la mano del mayor filósofo de su tiempo, San Isidoro de Sevilla, asombró al mundo.

España había terminado de conformarse, y lo había hecho como católica en el fondo y en la forma. Se abolió la legislación injusta y se comenzó una labor de evangelización en profundidad, se construyeron magníficas iglesias y se pobló el campo de monasterios. No obstante, la situación se vio agravada por guerras intestinas, hambrunas… Y la invasión de otro pueblo bárbaro portador de una nueva fe nacida en la lejana Arabia: el Islam. Poco tiempo duró la calma.

El decadente estado visigodo sucumbió como un castillo de naipes ante los nuevos invasores, no así la recia población hispano-romana. En poco más de una década, el reino cristiano más poderoso y floreciente de todos había sido borrado de un plumazo por los recién llegados, que no tardaron mucho en demostrar que no habían venido como simple élite dominadora, sino que traían su propia forma de entender el mundo, mezcla de las costumbres paganas arábicas y el cristianismo heterodoxo oriental. Toda la cultura visigoda, con sus ornamentadas iglesias, los innumerables monasterios repartidos por toda la geografía, invaluables objetos litúrgicos e imágenes fueron destruidos, literalmente barridos de la faz de la Tierra. Y sólo en el Juicio Final nos llegaran noticias de los sacrilegios y asesinatos de religiosos cometidos durante la invasión.

En cuanto los cristianos españoles se dieron cuenta de que toda su cosmovisión estaba siendo amenazada, reaccionaron con firmeza y resistieron la presión de la cultura islámica. La mayor parte de conversiones a la nueva religión se dieron entre la aristocracia, que tenía mucho que perder, y que se acogieron a la política de “facilita la conversión, dificulta la resistencia” promovida por los árabes. Los cristianos pasaron de pronto a ser dihimies, sujetos de derecho menor con mayores cargas fiscales, y el culto católico desapareció de la esfera pública. Sin embargo, esta táctica, que tan buenos resultados había dado en todo el África del norte y Asia, convirtiendo masivamente a gran parte de la población y reduciendo a los cristianos a una clara minoría, en España no tuvo el éxito esperado, y la resistencia, que había empezado físicamente en las montañas de Covadonga, tuvo  fundamental apoyo en los cristianos que vivieron bajo el poder islámico, los mozárabes.

Esta resistencia no se hizo sin sangre. Hubo revueltas provocadas por el pésimo trato al que los emires y los califas les sometían, y hubo mártires, muchísimos mártires. La mayoría fueron oscurecidos por la ausencia de fuentes que nos hablen de ellos, más allá de los horrores que contaban los mozárabes que se refugiaban en el norte cristiano, pero un relato ha logrado sobrevivir hasta ahora y contarnos la historia de los mártires de Córdoba, casi medio centenar de cristianos que sufrieron viles torturas y la muerte a manos de Abderramán II y Mohamed I.

Paralelamente al sufrimiento mozárabe, la creciente Iglesia de los reinos cristianos del norte se enfrentaba a otros problemas, las incursiones andalusíes eran terribles y barrían de un plumazo, literalmente, años de esforzado trabajo repoblador. Fueron innumerables las iglesias y monasterios que eran reconstruidos, destruidos al poco tiempo y vueltos a reedificar. Y no fueron pocas las ciudades que quedaban vacías, entre muertos y esclavos. Las muertes y cautiverio entre los soldados, clérigos y simples campesinos u hombres libres por causa de su fe fue constante hasta finalizada la Reconquista por los Reyes Católicos. Fueron muy pocos los momentos de paz, y tan sólo cuando el poderío cristiano era mayor que el musulmán y podía imponerla.

Sin embargo, las persecuciones no cesaron con la unidad religiosa, ni mucho menos. Para ese entonces España había gritado al mundo entero que sería católica o no sería, luchando durante casi ochocientos años para conservar su fe en Cristo y en la Iglesia. Y el mundo, que no conoce a Dios, captó el mensaje. Desde ese momento España e Iglesia de Cristo fueron casi sinónimos, y en consecuencia se les trataba.

Fueron tres apasionantes siglos en los que España cargó sobre sí misma la cruz de la evangelización y de la defensa de la fe en todos sus frentes. Asumieron la exploración, civilización y cristianización de un territorio inmensamente más grande que la península y a varios meses de peligrosa travesía de la misma, protegiéndolo de los intentos depredadores de las otras naciones europeas. Plantó cara al poder islámico que amenazaba Europa en la forma del pujante Imperio Turco, ya muy lejos de las costas españolas (que, a su vez, seguían siendo devastadas por piratas islámicos). Encabezó la resistencia a la herejía protestante con la fuerza de sus armas y de sus misioneros, con la Compañía de Jesús a la cabeza, a la par re-evangelizadora de Alemania y luz doctrinal en el crucial Concilio de Trento, que renovó la Iglesia y la dotó de la capacidad de enfrentarse a los nuevos desafíos. Y todo esto mientras Dios nos regalaba con muchos de sus santos más elevados, místicos y universales. Simplemente la relación de nombres dará cabal idea de la gracia divina con la que Dios, a través de los hijos de España, iluminó al mundo en tan señalada época: San Ignacio de Loyola, San Francisco de Borgia, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, San Juan de Ávila o San Francisco Javier. Era la España del los teólogos y de los santos, la España de las galeras y, de los misioneros, la España que daba a Cristo todas las facetas de su ser. La España que entregó su vida y su sangre en rescate por otros muchos.

Pero hasta en los momentos de gloria hay sufrimientos y persecuciones. La empresa americana demandó una gran cantidad de hombres y un esfuerzo espiritual que, a la par que nos impulsaba, nos pedía cada vez más. No en vano el número de misioneros que España alumbró en esa época es mayor que el resto de misioneros de la Iglesia hasta la fecha. Y no sólo en América, sino que también en la lejana Asia o en la hostil África se vieron a los evangelizadores españoles. Por otro lado, el agotamiento que sufría la población y la economía española al verse expuestas a los piratas berberiscos causó un grave quebranto en el crecimiento de la costa mediterránea que, no obstante, no capituló nunca y soportó los ataques (y hasta devolvió algunos) por causa de fidelidad a Cristo.

¿Y qué decir de los sufridos soldados que fueron el terror y espanto de herejes y musulmanes por igual? Los campos de medio mundo fueron testigos de la impresionante eficacia y fortaleza de los tercios de infantería, la punta de lanza de la catolicísima España. Esos pocos soldados españoles e italianos, repartidos por todo el mundo en número siempre muy inferior a sus enemigos, demostraron que Dios estaba con ellos al otorgarles tan increíbles victorias y tan heroicas derrotas. Todo por defender la religión católica y a su rey, bien en las lejanas Filipinas bien en los peligrosísimos mares turcos. Tanta y tan buena tropa arruinó, literalmente, las arcas del reino varias veces, pese a la plata venida de América, y significó una sangría humana para la ya poco poblada España que, con la mitad de población que Francia (por poner un ejemplo de similar superficie), mantuvo en alto la cruz de Cristo durante varios siglos.

España no fue movida por intereses propios, alejados de la grandeza a la que era llamada. Es más, sacrificó muchas veces intereses nacionales para perseguir los de la Iglesia, como la guerra con la cismática Inglaterra, o cuando ayudó a los católicos de su enemiga Francia a vencer en una guerra civil que tenían perdida, o cuando protegió al Imperio de los Austrias alemanes a cambio de nada en la guerra de los treinta años, o cuando renunció a mezclar a los nativos americanos en las guerras europeas para protegerles. Era inevitable, cuando tanto el rey como el pueblo compartían la visión de ser mano derecha de la Iglesia y fidelísimos servidores de Cristo.

Por supuesto, identificarse de tal manera con el Reino de Dios tuvo un precio muy caro. Fueron contadas las ocasiones en los que otras naciones prestaron ayuda a España, incluso las católicas o los propios Estados Papales. Sólo en momentos de grave peligro, como la batalla de Lepanto, pudo España verse arropada. La “cristianísima Francia” no movió jamás un dedo para ayudarnos, y trató de estorbarnos en todo lo que pudo. Los católicos alemanes y austriacos se limitaban a sustentar de mala gana a los tercios que enviábamos cuando nos pedían ayuda, y las repúblicas italianas se sentían más inclinadas a pactar con los turcos para asegurarse el comercio con oriente que en combatir la creciente piratería que azotaba el Mediterráneo occidental.

Mas el milagro no fue eterno. Tres siglos de combates contra el mundo acabaron por quebrar nuestras fuerzas, que no nuestro espíritu. La guerra de los treinta años, un enfrentamiento entre la liga católica y la liga protestante más Francia, acabó con la derrota de la primera y el enfrentamiento a solas de España con su vecino del norte. En la batalla de Rocroi se simbolizó el ocaso del poderío español. Rebelados Cataluña y Portugal durante años y perdido el territorio de Flandes, por el que tanto se había luchado, la paz de los Pirineos certificó nuestra derrota frente al mundo y la guerra de sucesión, cuarenta y un años después, en la que las potencias europeas combatieron por decidir nuestro destino y repartirse los pedazos de nuestro imperio, terminaron de asegurar la caída del único Imperio verdaderamente católico.

No obstante, España seguía siendo poderosa, y aún conservaba todos los territorios americanos y asiáticos que la habían hecho universal. Aunque los ataques de los piratas, principalmente ingleses, eran devastadores, en conjunto España logró defender eficazmente sus territorios de ultramar. Además, la Inquisición había mantenido al reino libre de influencias perniciosas y salvó a la península de una guerra civil como la que azotó Alemania.

Con la llegada de los borbones el centralismo terminó por ahogar el antiguo sistema foral de la monarquía, sustituyéndolo por el absolutismo monárquico y cercenando las libertades medievales de los españoles. El despotismo ilustrado significaba la muerte de los fundamentos de la justicia en nuestro país, y con las raíces podridas, la enfermedad acabó extendiéndose poco a poco al resto de la nación. Fue en esa etapa, cuando España se vinculó en una humillante y antinatural alianza con la perversa Francia, cuando se puso la semilla de los males que nos afligirían durante toda la Edad Contemporánea.

Cuando las tormentas sembradas en Europa se desataron, nos creímos inmunizados y cerramos la puerta a la realidad y a la influencia extranjera que, no obstante, consiguió penetrar. Las sectas masónicas esparcieron hábilmente el liberalismo por la intelectualidad más innovadora, esperando el momento de la recogida.

Pero Napoleón acabó imponiéndose y, aprovechándose de la debilidad mental de Carlos IV y de la estupidez de su hijo, urdió una estratagema para hacerse con toda España sin oposición alguna. Los soldados franceses, abanderados de las nuevas ideas revolucionarias (“Liberté, egalité et fraternité ou la mort”, era uno de los lemas de la república revolucionaria) se dedicaron a maltratar al pueblo español de obra y de palabra. No hay nadie que pueda contar todos los atropellos que fueron cometidos a causa de considerarnos atrasados y anticuados precisamente por católicos, por defender los ideales de los que ellos ya se habían liberado. Robos por doquier, asesinatos cometidos impunemente y violaciones que ni siquiera llegaban a los tribunales por miedo a tantos y tan bien armados franceses (hombres duros y fogueados, veteranos de decenas de campañas algunos o simples bisoños, pero siempre muy bien entrenados, y conscientes de que eran un ejército de ocupación) se juntaban a la humillación patria de Bayona y la cobardía de los funcionarios e intelectuales que debían defender al pueblo y que, sin embargo, yacían calmadamente a la espera de órdenes que no llegaban y que no tenían valor para dar, cuando no colaboraban solícitos con los nuevos mesías revolucionarios.

Pero el pueblo español habló claro el 2 de mayo en Madrid, y posteriormente en el resto de España, de donde salieron oleadas de defensores de la patria que no tenían fin, mientras las Juntas proclamaban unánimemente la guerra “por la Religión, la patria y el rey” y la Iglesia bendecía la cruzada contra el francés (a pesar de la traición de bastantes prelados contaminados de la nueva herejía), que guerra de religión fue, y no otra cosa, la guerra de independencia.

Fue tremendamente sufrida la contienda, no sólo en la crudeza de los combates y por el hambre que deja a su paso un ejército, sino por la especial saña con la que los soldados de Napoleón se cebaron con nosotros, con nuestros bienes y con nuestros habitantes. Las maldades se multiplicaron ad infinitum, y además de tratar de someter nuestros cuerpos, hirieron nuestro espíritu y nos dejaron miles de iglesias profanadas y decenas de miles de obras de arte destruidas o robadas. Todo lo que tuviese olor a católico fue atacado, y todos los que no se mostrasen servicialmente respetuosos con los invasores, eran tratados como ciudadanos de segunda, brutos a los que había que dominar, ya costase una bofetada en la cara de una joven campesina o quince mil bajas frente a los muros de la irreductible Zaragoza. 

Pero todos hacen leña del árbol caído, y tras los muros de Cádiz la semilla de la ideología a la que combatimos, por la que tantos españoles daban la vida, germinó a la sombra de la traición y dio el fruto más amargo de nuestra historia: la constitución de Cádiz. Prudente, no se atrevía a desbaratar el catolicismo en nuestra patria, pero introducía principios ajenos y perniciosos que fueron el comienzo de una desgracia que aún vivimos. De esas Cortes ilegítimas, no representativas y plagadas de la ideología por la que estaban muriendo sus compatriotas, salieron los frutos que llegan hasta hoy.

Acabada la guerra y retornado el rey Fernando, éramos una nación agotada y herida, nos creíamos victoriosos pero habíamos sido marcados por la huella de la herejía liberal. Poco tardó el rey felón en ceder frente a los liberales, y a su muerte la guerra civil estalló. La regente pagó el trono de su hija con la cesión completa del estado a los herejes, y estos se adueñaron rápidamente del estado y lo lanzaron a la guerra contra los carlistas, defensores a ultranza de la verdadera fe y de Don Carlos, rival de la niña Isabel por el trono. Al final, y pese al apoyo popular y las increíbles victorias, la causa carlista murió de desafección y traiciones, y el abrazo de Vergara finiquitó lo que la Santa Sede no tuvo más remedio que reconocer tiempo después: la España católica (la auténtica) volvía a las catacumbas.

Muy pronto los liberales demostraron sus verdaderas intenciones. Bajo la suave mentira de nuevas libertades y privilegios, sometieron a la Iglesia al latrocinio más ingente y generalizado desde que los musulmanes arrasaron por completo el legado artístico hispano-visigodo. Las desamortizaciones expoliaron la mayor parte de monasterios de la península, y abandonaron a la ruina y al despojo innumerables obras de arte, obligando a la secularización de decenas de miles de religiosos, forzados a reintegrarse al siglo. Para mayor vergüenza, el dinero sacado de las ventas de las tierras (que, por regla general, acabaron en manos de la nueva burguesía liberal) financió la guerra contra los carlistas. La abolición del Santo Oficio, en 1820, marcaba a las claras la dirección que iba a tomar la nueva cosmovisión dominante.

Además, los liberales tuvieron el honor de inaugurar el anticlericalismo en España con la matanza de frailes de 1834, donde el odio de las turbas irreligiosas se dejó sentir con más fuerza. No sólo eran muertos, sino que sus cadáveres servían como diversión, y hasta se dieron casos de canibalismo, y no por hambre precisamente. Las turbas del liberalismo fueron dirigidas por las sectas masónicas, según nos relató Martínez de la Rosa, e inauguraron su satánica campaña con esta blasfema y evidente rima:


Muera Cristo,
viva Luzbel;
muera don Carlos,
viva Isabel.

 Poco antes la encíclica Mirari Vos había ratificado la condena de las ideas liberales como lo que eran: herejías alejadas de la Iglesia de Cristo. Desde ese momento, los ataques a monasterios y el asesinato de religiosos se repitieron con bastante frecuencia, y se aprovechaba toda revuelta o desorden para golpear de nuevo a la Iglesia. No obstante y, pese a todo, en plena vorágine liberal, Dios alumbró a España con dos filósofos puramente católicos que nada tendrían que envidiar a sus predecesores: Jaime Balmes y Donoso Cortes, dos gotas de agua en un océano de sangre.

Pero la España católica aún persistía en los corazones de muchas gentes de bien, que se negaban a plegarse a las nuevas locuras. Algunos se unieron a los derrotados carlistaz, otros muchos se desligaron de las corrientes ideológicas imperantes, y los menos se unían a los liberales moderados para tratar de limitar el mal que podrían causar. Pero todo esto fue en vano, porque la lucha por los corazones de los españoles no sería cosa de dos, sino de tres.

Hijo bastardo del liberalismo, las nuevas ideas extendidas por Karl Marx se esparcieron como un veneno por toda Europa, encontrando acomodo en la gran masa de hombres explotados y reducidos a meras máquinas por sus nuevos amos. La nueva ideología no se basaba tanto en sesudas reflexiones como en pasquines y propaganda, y no actuó de manera definida, sino que se infiltró en los sectores más progresistas del liberalismo y logró desestabilizar los distintos gobiernos que se sucedían bajo el reinado de Isabel II. Los liberales trataron de ajustar la sociedad a sus ideas, ejerciendo una dura presión sobre la educación y la presencia efectiva de la Iglesia en las calles, y minaron poco a poco el apoyo social a la misma. Los carlistas acabaron siendo derrotados también ideológicamente, y el corrupto sistema de gobierno liberal enquistaba a un partido concreto y volvía  a los demás contra él para obtener su parcela de poder. En este ambiente de caos, con numerosas revueltas por las calles que generalmente acababan con algún convento en llamas, con constituciones cada vez más apóstatas en su fundamento ideológico y anticlerical en su normativa, se llegó a la llamada “gloriosa revolución”, donde el general Prim acabó echando a la reina Isabel II y estableciendo una monarquía electiva, resucitando así el peligroso método visigodo. Más no hubo una reedición del morbo gótico, ya que el primer candidato en aceptar, el masón Amadeo de Saboya, hubo de renunciar al trono a la muerte de Prim a manos de un anarquista, dejando paso a la primera república española, culmen de casi setenta años de despropósito liberal. La revolución del 68 significó la declarada guerra ideológica contra la Iglesia y la fe católica, que hubieron de sufrir, además de la violencia física, un crudelísimo y feroz bombardeo ideológico de manos de toda suerte de nuevos intelectuales y hasta ex clérigos. Y si la revolución del 68 fue la declaración de guerra abierta a la Iglesia, la república del 73 significó una guerra abierta al orden.

Durante el periodo revolucionario y hasta el fin de la I república, a España le azotaron tres guerras civiles simultáneas (La rebelión de los criollos en Cuba, otra insurrección carlista y la guerra contra los cantones independientes) y la religión sufrió las consecuencias de manera desigual: se expulsó de nuevo a la Compañía de Jesús, se estableció la libertad de culto y de educación (en manos de la Iglesia y último gran baluarte ideológico de la misma), se proscribió a todas las nuevas órdenes religiosas fundadas desde 1837 y se ordenó la incautación de la mayor parte de bibliotecas dependientes de la Iglesia.

Tras la restauración borbónica el liberalismo se hallaba firmemente asentado en el poder, y las nuevas ideas habían hecho retroceder a la Iglesia de la vida pública como simple culto religioso, sin apenas auténtica influencia, salvo en el reducto de la educación. La élite liberal se distanció de los ataques violentos contra los religiosos, pero justificando las leyes y medidas asfixiantes contra ellas. Desde un antiguo convento saqueado y profanado, el nuevo congreso de los diputados dirigió eficazmente el exterminio moral de la Iglesia española. Por su parte, los nuevos movimientos marxistas se hicieron sentir cada vez con más fuerza, y los socialistas y anarquistas tomaron el relevo y elevaron la quema de conventos y la matanza de clérigos a la categoría de arte. Poco después las aguas volvían a su cauce y la relativa calma conseguida con Alfonso XII y su hijo hicieron que los religiosos y religiosas de España duplicasen su número con respecto al periodo revolucionario. Pequeña interrupción en la caída, propiciada por el espanto de los liberales hacia los marxistas.

La situación en la que se vivía en la restauración llegó a su fin con el aumento de la presión de estos últimos. No sólo se dedicaban a quemar conventos e iglesias, como en la infausta semana trágica de Barcelona, sino que convirtieron el terrorismo en su forma de enfrentarse a la omnipotencia liberal en la política. Fue a la postre esta situación insostenible la que llevó a la dictadura de Primo de Rivera, y la posterior caída de Alfonso XIII, abandonado de cualquier apoyo y enfrentado a liberales y marxistas, que acabó renunciando al trono dando legitimidad al golpe de estado republicano.

La II Republica significó la alianza de las dos corrientes ideológicas mayoritarias contrarias al catolicismo que había en España, y la situación degeneró rápidamente, ya que los partidos liberales no lograron controlar a los marxistas, y estos se hicieron rápidamente con la situación. La revolución de 1934, provocada por la entrada de la derecha republicana en el gobierno, sesgó la vida de 34 religiosos en tan sólo dos semanas en Oviedo y la cuenca minera, amén de la total destrucción de gran cantidad de templos, incluida su famosa catedral.

Pero cuando el Frente Popular dio por ganadas las elecciones de febrero de 1936, se desató la mayor persecución religiosa jamás habida en nuestro país desde los lejanos tiempos de Al-Ándalus. No sólo cayeron gran parte de los religiosos y apenas quedaron iglesias que no hubiesen sido profanadas, sino que el simple hecho de ser católico implicaba muchas veces una condena a muerte.

El intento fallido de golpe de estado fue una conspiración liberal llevada a cabo por los republicanos Mola y Sanjurjo, pero se trocó, por gracia de Dios, en una cruzada católica contra las locuras marxistas. Los liberales se dividieron, pero no lograron articular un proyecto propio tras el fracaso de su república y acabaron decantándose la mayor parte por el bando nacional, y la contienda se dirimió entre católicos y marxistas.

La guerra civil no fue más que la continuación del secular enfrentamiento que azotaba nuestra patria desde hacía ya dos siglos y del que no fue ajena la violencia. La ingente cantidad de mártires reconocidos por la Iglesia de este periodo y los que están en proceso de beatificación o canonización se acerca a los 10.000, lo que nos da una idea de la increíble virulencia que las fuerzas del mal desataron sobre España, y lo milagroso de la victoria católica dada la desproporción de fuerzas, que las ayudas internacionales no hicieron sino acrecentar. Tantos mártires, tanta gente entregada voluntariamente a una muerte generalmente horripilante y de un sadismo inusitado, vino acompañada por centenares de miles de hombres y mujeres valientes que, si bien no son mártires, murieron a causa de las persecuciones. Inmenso tesoro el nuestro, a los ojos de Dios.

Tras la guerra civil, España se convirtió en el único país católico en un mundo liberal, fascista o comunista. Como dijo Jacinto Benavente, a España “le cupo, una vez más, la gloria de ver claro cuando todo el mundo estaba ciego”, y se restauró la unidad católica, y la nación volvió, inevitablemente, a ser rechazada por el resto del mundo en un momento en el que toda España estaba arrasada y necesitaba ser reconstruida. 

No obstante, España volvió a levantarse, aun con dificultad, y logró sobrevivir a la oleada de liberalismo y comunismo que azotaba al mundo.  A la postre, la infiltración marxista en la Iglesia católica, puntal del régimen franquista, y la oleada de liberalismo que vino con la época de apertura de mercado, terminó corrompiendo la sociedad a niveles cercanos a los del resto de Occidente y, con la transición, el sistema político se puso rápidamente a la altura de la sociedad. 

Y ahora, a principios del siglo XXI la situación no parece mejorar. Los católicos vivimos nuestra fe casi de manera clandestina, y muchas veces hemos de enfrentarnos al rechazo de la sociedad, cuando no a la abierta hostilidad de los poderes del mundo.

Ser católico significa aceptar la persecución de la sociedad, asumir sobre nosotros la carga de la cruz de Cristo y preferir perder la vida que perderle a Él. El mundo nunca terminará de ser nuestro, y siempre seremos ajenos a él y, aunque podamos conseguir algunos triunfos relativos o reducidos, es nuestro destino ser perseguidos y sufrir por su causa. Estamos llamados al combate espiritual, al pulso contra las fuerzas de Satanás, que actúa por la debilidad de los hombres, y siempre hemos luchado en inferioridad, con menos medios y posibilidades, pero fiados de que Dios nunca nos abandonará y sabedores de que, aunque suframos severas y aparentemente definitivas derrotas, el resultado de la contienda ya está decidido.

España debe gran parte de su ser a la Iglesia Católica, y en cierta medida la Iglesia es lo que es gracias a España. Desde los albores de nuestra patria los españoles hemos cargado sobre nuestros hombros la misión de evangelización y de defensa de la fe, y hemos asumido las mayores cargas por causa de la Esposa de Cristo, incluidas las más cruentas persecuciones que todavía no han llegado. Pero ese mismo convencimiento nos hace saber que los mayores triunfos también vendrán de nuestro lado, y que Dios no abandonará a su suerte a la nación que más ha sufrido por su causa y que más esfuerzos ha hecho por honrarle. Por algo envió a su primo, Santiago Apóstol, a evangelizarnos, y por algo Nuestra Señora se le apareció en el Pilar de Zaragoza prometiéndole que no abandonaría estas tierras nunca. Y donde está Su Madre, no deja de estar el Hijo.

No dejéis que la dureza de los tiempos que están por venir os acobarden. Sois católicos y españoles y, con la ayuda de Dios,  nada ha de vencer vuestro espíritu.


Luis Ignacio Rodríguez

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