martes, 27 de noviembre de 2012

Recoger donde no se ha sembrado

¿Cuántas veces hemos oído aquello de la mies es mucha pero los obreros pocos, refiriéndonos a las vocaciones religiosas? Yo ya he perdido la cuenta. Innumerables charlas, sermones, visitas y retiros son el lugar ideal para fomentarlas, bien sea mediante el apostolado directo o mediante la sutil técnica de que uno de ellos (preferiblemente de tu edad y sexo) te cuente su historia y lo realmente feliz que se siente. 

Y qué duda cabe que es algo que todos necesitamos ¿Qué sería de la Iglesia y del mundo sin religiosos? Nadie para celebrar Misa, nadie para atendernos espiritualmente, para casarnos, confesarnos, darnos la extrema unción… Nadie para rezar por nosotros. No querría vivir así, la verdad. Es necesario que haya religiosos, es necesario que haya gente que lo deje todo y se entregue a Dios directamente y por completo. 
Y sin embargo, siempre nos han dicho que uno no elige ser religioso, que es el Espíritu Santo quién le elige. Aun así, siempre es bueno echarle una mano, un pequeño empujoncito para los que no se atreven a descolgar el teléfono y responder a la llamada. 

Pero ¿en realidad nos interesa fomentar las vocaciones religiosas? En mi opinión parece ser que no, porque no podríamos haber obviado algo más importante: sembrar antes de tratar de recoger. ¿Y si en lugar de mendigar aspirantes a religiosos no cuidamos y fomentamos las vocaciones al matrimonio cristiano que, dicho sea de paso, es a la que estamos llamados la inmensa mayoría de los fieles de la Iglesia de Cristo? 

¿De dónde solían salir la mayor parte de religiosos? De las familias católicas, de dos padres que habían criado con sumo amor a sus hijos (unos cuantos, generalmente) y les habían educado en la fe, sobre todo con su ejemplo. ¿Qué pretendemos conseguir olvidándonos de proteger el matrimonio como vocación? Para ser sacerdote hay un periodo de reflexión de al menos un año y una carrera de siete, para ingresar en la mayoría de monasterios hasta los votos perpetuos pasan al menos varios años de intenso discernimiento. Para casarse hay que pasar un curso de tres meses, una vez por semana, cuando no te despachan sin más con una firma, y hala, a jurar delante de Dios amor y fidelidad eterna al otro hasta la muerte. Y luego mantener y educar a los hijos. Si es que así no se puede. 

Es cierto que el Espíritu Santo sopla donde quiere y que la mejor monja puede venir de cualquier sitio y el peor sacerdote de la familia más ejemplar, pero sí que es cierto que, tradicionalmente, de dónde se ha nutrido la Iglesia para buscar a sus pastores ha sido de su propio rebaño. Pero a las ovejas hay que cuidarlas. 

Me gustaría ver más preocupación por la vocación matrimonial, que no por nada es el primer mandamiento que nos dio Dios. Más charlas, más experiencias, más talleres, más sermones y más presión (tanta o más que la que dan a la vocación religiosa) para que los llamados a ser espejo de Dios en la vida conyugal no tengamos que preguntarnos cada dos por tres porqué se pretende recoger donde previamente no se ha sembrado. 

Si te preocupa la falta de consagrados a Dios, fomenta los matrimonios de hoy (los buenos de verdad), que de ahí saldrán los religiosos del mañana. Y no olvides que San José, además de ser el patrón de los seminaristas, fue el padre de familia por excelencia. 


Iñaki Rodríguez
Revista Tahona, nº 128

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